| Poblado Nazarí - Un proyecto emblemático |
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| Escrito por CEDER Serranía de Ronda | |
| lunes, 02 de febrero de 2009 | |
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A partir del siglo XIV, una hábil política de pactos y concesiones permite la supervivencia del Reino Nazarí de Granada a cambio de la pérdida de parte de sus territorios y, sobretodo, de la pérdida de control del Estrecho, la principal vía de ayuda de los Meriníes que dominaban el Magreb.
Este aislamiento provocó el repliegue de parte de la población buscando la seguridad de Granada. Sin embargo, .paradojas de la historia-, de la evidente debilidad política y militar surgió la época de mayor esplendor cultural de Al-Andalus que aún hoy sigue asombrando a los millones de personas que año tras año visitan la Alhambra de Granada. En 1482, los Reyes Católicos inician la conquista de Granada. Ronda cayó en 1485 y en 1492, siete años más tarde, Muhammad XII -conocido por los cristianos como Boabdil- rindió la Alhambra.
En la actualidad, el edificio está ocupado por una Escuela Taller con alumnos y alumnas de diferentes pueblos de la Serranía de Ronda que tienen como uno de sus objetivos, la recuperación de los diversos espacios para su futuro uso como centro de interpretación y de servicios. No obstante, preguntando a los chicos y chicas y con un poco de imaginación puedo reconocer el espacio que ocupará la recepción, la tienda y un pequeño espacio expositivo que nos ayudará a situarnos en la Andalucía rural de los siglos XIII–XV, la misma época en la que se construyó uno de los monumentos más conocidos y visitados del mundo, la Alhambra. Me invitan a dar un paseo por la finca, dominada por una torre vigía del siglo XIII. Una angarilla de madera me muestra un camino de tierra sencillo, no muy ancho, con profundas rodadas que han respetado una estrecha franja verde en el centro. Cien metros más adelante llego hasta una cerca de retamas que rodea una charca. A través de un hueco puedo observar discretamente la vida secreta y apacible de sapillos y salamandras cuando repentinamente algo se rompe en el agua y una serie de círculos concéntricos delatan la presencia de una niña sentada con la espalda apoyada en un tronco.
Se llama Nahla y se ofrece a enseñarme la alquería o pequeña aldea donde viven ella y su familia. Ahora el camino serpentea entre fresnos y narcisos hasta llegar a un pozo. Junto a él, una mujer se afana entre baldas repletas de cacharros de barro. Junto al pozo un anciano saca el agua con un extraño artilugio de madera. -Esto son lebrillos y esto cazuelas, lo de arriba son ataifores... Mientras habla observo que tiene las manos agrietadas y como salidas del vientre de la tierra. Nos despedimos de Saabira, que así se llama la tía de Naya y seguimos cuesta arriba esta vez entre fresnos y pastos. De vez en cuando mi guía se agacha hasta el suelo para oler una flor. Bordeando un muro de piedra el camino nos lleva hasta un quejigo viejo bajo el que se esparcen mil y una virutas salidas de las manos de Dalil, también tío de Nahla y carpintero de la Alquería. –Estas vigas son para la casa de Nahla, me dice señalando con la cabeza. Nada más salir del taller de Dalil y con más estrépito que velocidad, un carro de madera tirado por un mulo nos saca del camino. Como va vacío, deduzco que es posible que vaya a cargar las vigas de madera. –Huele. Nahla me muestra sus dedos. Huelen a poleo. A esta niña le gustan las flores, pienso.
Un rumor creciente llega hasta nuestros oídos. Gritos, golpeteos metálicos, crujidos de madera y rebuznos de protesta parecen surgir de entre los quejigos. –Ya estamos llegando. Cruzamos un puente de madera y llegamos a la alquería, al poblado de Nahla. La actividad es frenética. Un grupo de hombres colocan las vigas de una casa, mientras que otros intentan mover con la ayuda de un burro una pesada piedra. Las gallinas esquivan los pisotones y niños de de todas las edades juegan con un borreguito. Un olor a cocido sale de una de las casas. La alquería es pequeña, seis o siete casas. Algunas parecen habitadas, otras están en construcción –Mis tíos y primos de Arcos han venido a vivir con nosotros. Por la guerra. Nahla me cuenta que su pueblo está en guerra desde hace mucho tiempo con Castilla y que algunos de sus parientes se han instalado en la alquería, una zona más tranquila. La mayor parte de la gente trabaja en las tareas domesticas y del campo a excepción de un tío y dos primos suyos que se ocupan de vigilar desde la Torre. Por lo general la vida es tranquila, pero nunca se sabe...Mientras tanto se apañan como pueden. Sus padres han decidido ampliar su casa. Mientras habla observo que las casas son de piedra unidas con una especie de mortero de arena y cal. Las casas habitadas están encaladas y sólo se rompe el blanco por las escasas ventanas y las puertas de madera. Una de ellas, abierta de par en par, me permite ver un minúsculo patio en el interior, con una gran tinaja para recoger el agua. Se parecen mucho a los cortijos viejos, pienso mientras atiendo a sus explicaciones. Un ingenioso azud construido en el arroyo, bajo una cascada, les permite retener el agua el tiempo suficiente para llevarla, a través de una pequeña acequia, hasta la alberca. De allí parte otra conducción para el riego de los huertos situados en la parte baja del poblado, junto a las casas. Un aljibe excavado bajo la piel de la montaña proporciona el agua necesaria para cocinar y saciar la sed de los habitantes de la aldea. -Vamos a ver a mi padre. Mientras dice esto, tira de mí fuera del poblado. Un camino parecido al que traíamos nos aleja de las casas, hacia el bosque. A la izquierda, un esqueleto gigante de árbol recostado sobre un muro de piedra seca me hace pensar en lo pequeños que somos. Más adelante, mi guía me espera bajo un quejigo con tres patas. Aquí el camino se divide en dos. Seguimos hacia la derecha hasta una casita de piedra en la que se reconoce el repique insistente de una fragua. Me pregunto a donde llevará el otro camino. –Hola papá. El padre de Nahla es el herrero de la zona. Se muestra muy orgulloso de que de su fragua hayan salido cerraduras para Gaucín, Benaoxan y la misma Ronda. Es un hombre alto y fuerte. En sus mejillas se ve el rastro de mil y un besos de las ascuas. Nos despedimos de Abdul y tomamos un pequeño sendero que bordea una gran roca en forma de puñal de piedra hasta que se une con otro muy parecido que, seguramente, viene del quejigo de las tres patas. –Este es el abuelo. Tras un fugaz vistazo a nuestro alrededor confirmo la primera impresión de que estamos solos. Nahla sonríe mientras me señala el tronco de un árbol gigantesco que se eleva orgulloso hacia el cielo como una catedral por encima del bosque. Iba a decirlo pero la niña seguramente no sabría lo que es una catedral y por eso sólo lo pensé. Junto al “abuelo”, el camino se pierde en una cantería ahora desierta. –Estarán en el arroyo. Nahla me contó que cada piedra tenía sus propiedades y que Kamaal, el cantero, las sacaba del arroyo vecino. No me lo dijo, pero di por supuesto que se trataba de otro tío. El camino se aleja ahora de la cantería junto al arroyo. Nos cruzamos con otro carro, esta vez cargado de tierra y, más adelante, con un rebaño de ovejas. Nahla intercambia algunas palabras apresuradas con el pastor y acelera el paso. Unas losas bien dispuestas, nos ayudan a cruzar de nuevo el arroyo que ahora descansa en silencio. A ambos lados del camino, un campo de trigo más alto que nosotros nos produce la rara sensación de andar bajo el agua. -¿No sientes como huele? Mientras busco alguna respuesta nos encontramos de nuevo frente a la misma cerca y la misma puerta. -Esta es la puerta por la que entraste. Gracias por venir. Nahla se despide de esta manera y sale corriendo en dirección a la charca. –Dime al menos que significa tu nombre, le grito. –Abeja. Pensé que era un nombre muy bien puesto. Los coches aparcados junto al camino me ayudan a volver a la realidad. Me dirijo de nuevo al edificio entre el ir y venir de los jóvenes aprendices de la Escuela Taller. Aprovecho para visitar la otra mitad del edificio donde estará situada la cafetería y el restaurante abierto a todo tipo de públicos. En una de las paredes ya está colocado el inmenso mural de lacería de inspiración mudéjar y una reproducción de una de las vigas del artesanado del salón noble del Palacio Mondragón de Ronda. La puerta principal del restaurante me deja atónito. Si estos chicos son aprendices... Ya fuera, en la terraza y según me cuentan, habrá unos juegos infantiles muy especiales y a escasos metros una laguna en la que se podrán observar aves, peces y anfibios. Me parece un sitio maravilloso y espero que este apasionante viaje en el tiempo se pueda hacer muy pronto a escasos 400m de la Estación de Cortes, en el Poblado Nazarí que está promoviendo el Centro de Desarrollo Rural de la Serranía de Ronda. Me gustará entonces que algunos de estos chicos y chicas me enseñe su casa en la alquería como lo ha hecho Nahla en ésta mi primera visita al Poblado Nazarí.
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| Modificado el ( miércoles, 04 de febrero de 2009 ) |
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